He aquí la segunda entrega semanal de traducciones de capítulos por publicar de los próximos libros de George R.R. Martin de la saga de Canción de Hielo y Fuego. Digo próximos porque como se comentó en el artículo "Noticia: A Feast for Crows está terminado", Martin dividió en dos el siguiente libro, y la mitad de los personajes pasan a formar parte del quinto de la saga, A Dance with Dragons. Que disfrutéis.
Arya
La luz ardía débil y lejana, baja en el horizonte, brillando a través
de las brumas marinas.
-Parece una estrella -dijo Arya.
-La estrella del hogar -dijo Denyo.
Su padre estaba gritando órdenes. Los marineros trepaban arriba y
abajo de los tres mástiles y se movían a lo largo de las jarcias,
arriando las pesadas velas purpúreas. Abajo, los remeros tiraban y
empujaban a lo largo de dos grandes bancos de remos. La cubierta se
ladeaba, crujiendo, mientras el galeón Hija del Titán viraba a
estribor y empezaba a encaminarse hacia su destino.
La estrella del hogar. Arya se mantuvo en la proa con una mano
apoyada encima del mascarón dorado, una doncella con un cuenco para
fruta. Por un momento pretendió que aquél era su
hogar.
Pero fue estúpido. Su hogar se había ido, sus padres estaban muertos, y todos
sus hermanos asesinados excepto Jon Nieve en el Muro. Allí es donde
ella quiso ir. Así se lo dijo al capitán, una vez tras otra, pero ni
siquiera la moneda de hierro pudo persuadirlo. Parecía que Arya no
podía llegar nunca a los lugares que se proponía alcanzar. Yoren había
jurado entregarla a Invernalia, tan sólo que ella había terminado en
Harrenhal, y Yoren en su tumba. Cuando escapó de Harrenhal camino de
Aguasdulces, Lem y Anguy y Tom Sietecuerdas la tomaron cautiva y la
arrastraron hacia la Colina Hueca. Entonces el Perro la
secuestró y la arrastró hasta Los Gemelos. Arya lo había dejado
muriéndose al lado del río y se había ido hacia Salinas, con la
esperanza de encontrar un pasaje hacia Guardiaoriente del Mar, tan
sólo que...
Braavos no debía de ser tan malo. Syrio era de Braavos, y Jaqen podría
estar allí también. Fue Jaqen quién le dio la moneda de
hierro. No había llegado a ser realmente su amigo de la misma forma
que Syrio, pero ¿qué bién le habían hecho nunca los amigos? No
necesito amigos mientras tenga a Aguja conmigo. Rozó con la yema de su
pulgar el pomo alisado de la espada, deseando, deseando...
La verdad fuese dicha, Arya no sabía qué desear más de lo que sabía que
la estaba esperando debajo de esa distante luz. El capitán le
había permitido el pasaje pero no tenía tiempo para hablar con ella.
Algunos de la tripulación la rehuían, pero otros le habían dado
regalos - un tenedor de plata, guantes sin dedales, un sombrero de
lana flexible remendado con piel. Uno de los hombres le mostró cómo
atar nudos de marinero. Otro le sirvió vino de fuego en copas del
tamaño de un dedal. Los más amigables se golpeaban el pecho,
diciéndole sus nombres una y otra vez hasta que Arya los repetía,
aunque ninguno pensó en preguntarle nunca el suyo. La llamaban Salada
desde que había subido a bordo en Salinas, al lado de la boca del
Tridente. Era un nombre tan bueno como cualquier otro, supuso.
La última de las estrellas de la noche se había desvanecido... excepto
por el par mortecino de enfrente.
-Son dos estrellas ahora.
-Dos ojos -dijo Denyo-. El Titán nos está viendo.
El Titán de Braavos. La Vieja Tata les había contado historias del
Titán en Invernalia. Era un gigante tan alto como una montaña, y
siempre que Braavos se encontrase en peligro se levantaría con fuego en
los ojos, sus extremidades rocosas gimiendo y rechinando mientras se
sumergía en el mar para aplastar los enemigos. "Los Braavosi lo
alimentan a base de jugosa carne rosada de niñas de noble cuna,"
terminaría la Vieja Tata, y Sansa soltaría un estúpido gemido. Pero el
Maestre Luwin había dicho que el Titán era sólo una estatua, y las
historias de la Vieja Tata eran sólo eso, historias.
Invernalia está quemada y caída, se recordó Arya. La Vieja Tata y el
Maestre Luwin estaban ambos muertos, probablemente, y Sansa
también. No le hacía ningún bien pensar en ellos. Todos los hombres
mueren. Eso era lo que las palabras significaban, las palabras que
Jaqen H'ghar le había enseñado cuando le dió la gastada moneda de
hierro. Había aprendido más palabras Braavosi desde que habían
zarpado de Salinas, las palabras para decir por favor y gracias y mar
y estrella y vino de fuego, pero llegó sabiendo que todos
los hombres mueren. La mayoría de la tripulación de la Hija tenía
nociones de la lengua común por las noches pasadas en tierra en
Antigua y Desembarco del Rey y Poza de la Doncella, aunque solamente
el capitán y sus hijos la hablaban suficientemente bien para conversar
con ella. Denyo era el más joven de esos hijos, un chico regordete y
alegre de doce años que se encargaba del camarote de su padre y
ayudaba su hermano mayor con sus sumas.
-Espero que tu Titán no esté hambriento -le dijo Arya.
-¿Hambriento? -dijo Denyo, confundido.
-No importa. –Aunque el Titán comiese jugosa carne rosada de
niña, Arya no lo temería. Era flacucha, un plato poco apropiado
para un gigante, y con once años, casi una mujer. Y Salada no es de
noble cuna, tampoco.
-¿El Titán es el dios de Braavos? -preguntó-. ¿O tenéis los Siete?
-Todos los dioses son honrados en Braavos. -Al hijo del capitán le
encantaba hablar de su ciudad casi tanto como del barco de su padre.
-Tus Siete tienen un sept aquí, el Sept-Más-Allá-del-Mar, pero sólo
los marineros de Poniente veneran sus dioses allí.
No son mis Siete. Eran los dioses de mi madre, y permitieron a
los Frey asesinarla en los Gemelos. Se preguntó si encontraría un
bosque de dioses en Braavos, con un arciano en su corazón. Denyo tenía
que saberlo, pero no se lo podía preguntar. Salada era de
Salinas, y ¿qué sabría una chica de Salinas sobre los antiguos dioses
del norte? Los viejos dioses están muertos, se dijo a sí misma, con
Madre y Padre y Robb y Bran y Rickon, todos muertos. En un tiempo muy
lejano, recordaba a su padre diciendo que cuando los vientos fríos soplan, el lobo solitario muere y la manada sobrevive. Todo fue al revés de como había dicho. Arya, el lobo solitario, aún vivía, pero a los lobos de la
manada los habían cogido y asesinado y despellejado.
-Los Cantantes de la Luna nos guiaron hasta este lugar
de refugio, donde los dragones de Valirya no nos podían encontrar
-dijo Denyo-. El suyo es el más grande de los templos. Adoramos también el Padre de las Aguas, pero su casa se construye de
nuevo siempre que él toma su nueva pareja. El resto de los
dioses moran juntos en una isla en el centro de la ciudad. Allí es
donde encontrarás... el Dios de las Muchas Caras.
Los ojos del Titán parecían más brillantes ahora, y más separados.
Arya no conocía a ningún Dios de las Muchas Caras, pero si respondía a
las plegarias entonces sería el dios que ella buscaba. Ser Gregor,
pensó, [i[Dunsen, Raff el Dulce, Ser Ilyn, Ser Meryn, la Reina Cersei.
Sólo seis ahora. Joffrey estaba muerto, el Perro había matado a
Polliver, y ella misma había apuñalado al Cosquillas, y a ese
estúpido escudero con granos. No lo habría matado si él no me
hubiese cogido. El Perro estaba muriendo cuando lo dejó en la
orilla del Tridente, ardiendo en fiebres a causa de su herida. Le
debería haber dado el don de la piedad, y meterle un cuchillo por el
corazón.
-¡Salada, mira! -Denyo la cogió por el brazo y la hizo girar-. ¿Lo
puedes ver? Allí. -Señaló.
Las brumas cedieron delante de ellos, como cortinas grises y
andrajosas que se abrieran desde la proa. La Hija del Titán cortó a
través las aguas gris-verdosas en alas lilosas de olas hinchadas. Arya
pudo oír los gritos de las aves marinas por encima de su cabeza. Allí
donde Denyo había señalado, una hilera de colinas rocosas se alzaba
repentinamente desde el mar, con sus laderas cubiertas de pinos
soldado y piceas negras. Pero el mar se había abierto paso por
enmedio, y por encima de las aguas abiertas el Titán lo dominaba todo,
con sus ardientes ojos y su largo pelo verde ondeando al viento.
Sus piernas cruzaban el vacío a horcajadas, un pie plantado en cada
montaña, sus largos hombros amenazando por encima de las dentadas
colinas. Sus piernas estaban esculpidas en sólida piedra, el mismo
granito negro que los montes marinos encima de los que reposaba,
aunque alrededor de sus caderas llevaba una falda blindada de verdoso
bronce. La coraza del pecho era también de bronce, y su cabeza en su
dentado medio yelmo. Su pelo ondeante estaba hecho de cuerdas de
cáñamo teñido de verde, y un enorme fuego quemaba en las cuevas que
eran sus ojos. Una mano descansaba encima de las colinas a su izquierda,
dedos de bronce se curvaban por encima de una proturberancia de
piedra; la otra apuntaba arriba en el aire, agarrando la empuñadura
de una espada rota.
Es sólo un poco más grande que la estatua del Rey Baelor en Desembarco
del Rey, se dijo a sí misma cuando estaban aún algo lejos en el mar.
Sin embargo, a medida que la galera se acercaba allí donde las olas
rompían contra la línea de la costa, el Titán se iba haciendo más
grande. Arya podía oír al padre de Denyo rugiendo órdenes con su voz profunda, y arriba en las jarcias los hombres recogían las velas.
Vamos a remar por debajo de las piernas del Titán. Arya podía ver las
hendeduras de flecha en la superficie de la gran coraza de bronce del
pecho, y manchas y motas en los brazos y los hombros del Titán allí
donde las aves marinas anidaban. Su cuello se estiraba hacia arriba.
Baelor el Bendito no le llegaría ni a la rodilla. Podría pasar
fácilmente por encima de los muros de Invernalia.
Entonces el Titán soltó un impresionante rugido.
El sonido fue tan fuerte como grande era él, un terrible gemir y
rechinar tan alto que ahogó la voz del capitán y el romper de las olas
contra aquellas colinas de pinos. Un millar de aves marinas se lanzó
al vuelo a la vez, y Arya se estremeció hasta que vió que Denyo se
estaba riendo.
-Alerta al Arsenal de nuestra llegada -gritó-. No tienes por qué asustarte.
-No lo estoy -gritó Arya a la defensiva-. Ha sido un sonido fuerte, eso es todo.
El viento y el oleaje tenían a la Hija del Titán duramente cogida en
sus manos, llevándola rápidamente hacia el canal. Su doble banco de
remos golpeaba suavemente, azotando el mar en una espuma blanca
mientras la sombra del Titán caía sobre ellos. Por un momento pareció
que iban a chocar contra las piedras que colgaban debajo de sus
piernas. Acurrucada contra Denyo en la proa, Arya pudo saborear la sal
donde la espuma había tocado su cara. Tuvo que mirar recto arriba para
poder ver la cabeza del Titán. "Los Braavosi lo alimentan con jugosa
carne rosada de niñas de noble cuna," oyó de nuevo a la Vieja Tata
decirlo de nuevo, pero ella no era una niña, y no se asustaría de una
estúpida estatua.
Aún así, mantuvo una mano encima de Aguja mientras se escurrían entre
las piernas del Titán. Más hendeduras de flecha punteaban los
interiores de aquellos grandiosos muslos, y cuando Arya miró fijamente
arriba para ver el nido del cuervo pasándolos a diez buenas yardas,
divisó agujeros asesinos por debajo de las faldas blindadas del Titán,
y caras pálidas mirando fijamente abajo, detrás de barrotes de hierro.
Y entonces habían pasado.
La sombra se levantó, las colinas de pinos cayeron lejos a cada lado,
los vientos menguaron, y se encontraron moviéndose a través de una
gran laguna. Enfrente otro monte se levantaba del mar, una montaña de
rocas que sobresalía del agua como un puño terminado en punta, con sus
rocosas almenas erizadas de escorpiones, fierabrases, y trabucos.
-El Arsenal de Braavos -lo había llamado Denyo, tan orgulloso como si
lo hubiese construido él mismo.
-Allí pueden construir una galera de guerra en un día.
Arya vio docenas de galeras atadas a muelles y colocadas en
deslizaderas de lanzamiento. Otras proas pintadas se removían desde
innumerables cobertizos de madera a lo largo de las costas rocosas,
como perros en una perrera, flacos y mezquinos y hambrientos,
esperando el cuerno de un cazador para llamarlas una tras otra. Trató
de contarlas, pero había demasiadas, y más muelles y cobertizos y
dársenas donde la línea de la costa se curvaba.
Dos galeras habían venido a encontrarles. Parecía que rozaran el agua
como libélulas, sus pálidos remos destellando. Arya oyó al capitán
gritarles y los otros capitanes respondiendo a gritos también, pero no
entendió las palabras. Un gran cuerno sonó. Las galeras se les
situaron una a cada lado, tan cerca que podía oír el sonido sordo de
tambores de sus cascos lilas, bom bom bom bom bom bom bom bom, como el
latir de corazones.
Al cabo de un momento las galeras estaban detrás de ellos, y el
Arsenal también. Enfrente se desplegaba una ancha extensión de agua
color verde garbanzo ondulada como una hoja de cristal coloreado. De
su corazón húmedo se alzaba la propia ciudad, una gran extensión de
cúpulas y torres y puentes, grises y dorados y rojos. Las cien islas
de Braavos en el mar.
El Maestre Luwin les había hablado acerca de Braavos, pero Arya había
olvidado la mayor parte de lo que había dicho. Era una ciudad
plana, se podía ver desde lejos, no como Desembarco del Rey encima de
sus tres altas colinas. Las únicas colinas aquí eran las que los
hombres habían levantado de ladrillos y granito, bronce y mármol.
Faltaba algo más, aunque tardó un poco darse cuenta de qué era. La
ciudad no tenía muros. Pero cuando se lo comentó a Denyo, él se rió de
ella
-Nuestros muros están hechos de madera, y pintados de color morado -le
dijo-. Nuestras galeras son nuestros muros. No necesitamos ningún
otro.
La cubierta crujió detrás de ellos. Arya se volvió para encontrar al
padre de Denyo acercándose con su abrigo largo de capitán de lana morada. El capitán-proveedor Ternesio Terys no llevaba patillas y
mantenía su pelo gris corto y limpio, enmarcando su cara cuadrada,
quemada por el viento. Durante la travesía lo había visto a
menudo bromeando con su tripulación, pero cuando fruncía el ceño los
hombres se alejaban corriendo de él como si fuese una tormenta.
Fruncía el ceño ahora.
-Nuestro viaje ha llegado a su fin -le dijo a Arya-. Nos dirigiremos
hacia el Puerto Chequy, donde los oficiales de aduanas del Señor del
mar subirán a bordo para inspeccionar nuestras bodegas. Se pasarán la
mitad de un día en ello, siempre es así, pero no es necesario que tú esperes hasta que les plazca. Recoge tus cosas. Bajaré un
bote, y Yorko te pondrá en tierra.
En tierra. Arya se mordió el labio. Había cruzado el Mar para
llegar aquí, pero si el capitán le hubiese preguntado le habría
dicho que se quería quedar a bordo de la Hija del Titán. Salada era
demasiado pequeña para manejar un remo, ahora lo sabía, pero podía
aprender a empalmar cuerdas y arriar las velas y dirigir el rumbo a
través de los grandes mares salados. Denyo la había llevado arriba al
nido del cuervo una vez, y no se había asustado del todo, aunque la
cubierta había parecido una pequeñita cosa por debajo de ella. Puedo
hacer sumas también, y mantener un camarote limpio.
Pero la galera no necesitaba a un segundo chico. Además,
sólo hacía falta mirar la cara del capitán para saber cuán ansioso
estaba de librarse de ella. Por tanto Arya simplemente asintió.
-En tierra -dijo, aunque en tierra sólo significaba extraños.
-Valar dohaeris. -Él se tocó la frente con dos dedos-. Te pido que
recuerdes Ternesio Terys y el servicio que te ha prestado.
-Lo haré -dijo Arya con la voz encogida. El viento tiró de su capa,
insistente como un fantasma. Era hora que se fuera.
Recoge tus cosas, había dicho el capitán, pero había muy pocas para
recoger. Solamente la ropa que llevaba puesta, su pequeña bolsa de
monedas, los regalos que la tripulación le había dado, la daga en su
muslo izquierdo, y Aguja en el derecho.
La barca estaba lista antes que ella, y Yorko estaba en los remos también era hijo del capitán, pero más grande que Denyo y menos
amistoso.No me he despedido de Denyo, pensó, mientras trepaba abajo
para unírsele. Se preguntó si jamás vería al chico de nuevo. Debí
despedirme.
La Hija del Titán fue menguando tras su estela mientras la ciudad
crecía con cada golpe de los remos de Yorko. Un puerto se hizo visible
a su derecha, una maraña de embarcaderos y muelles atestados de
balleneros barrigudos de fuera de Ibben, barcos cisne de las Islas del
Verano, y más galeras de las que una chica podía contar. Otro puerto,
más distante, se encontraba a su izquierda, más allá de un punto de
tierra hundido donde las partes superiores de edificios medio
inundados asomaban sus tejados por encima del agua. Arya no había
visto jamás tantos edificios grandes juntos en un mismo sitio.
Desembarco del Rey tenía la Fortaleza Roja y el Gran Sept de Baelor y
Fosodragón, pero Braavos parecía disponer de una veintena de templos y
torres y palacios que eran tan grandes como ellos o incluso más.
Volveré a ser un ratón de nuevo, pensó abatida, tal y como fui en
Harrenhal antes de escapar.
La ciudad había parecido como una gran isla desde donde estaba el
Titán, pero a medida que Yorko remaba acercándose más vio que
eran muchas islas pequeñas juntas, unidas por puentes arqueados de
piedra que cruzaban innumerables canales. Más allá del puerto
vislumbró calles con casas de piedras grises, tan juntas que se
apoyaban unas encima de las otras. A los ojos de Arya eran extrañas, cuatro y cinco pisos de altura y muy delgadas, con techos de
tejas en forma de punta como sombreros puntiagudos. No vio ningún
techo de paja, y sólo algunas casas de madera del tipo que conocía en Poniente. No tiene árboles, se dio cuenta. Braavos es todo
piedra, una ciudad gris en un mar verde.
Yorko viró hacia el norte del puerto, avanzando derecho a través de la
garganta de un gran canal, una ancha vía que llevaba directa al
corazón de la ciudad. Pasaron por debajo de los arcos de un puente
esculpido en piedra, decorado con medio centenar de distintos tipos de
peces y cangrejos y calamares. Un segundo puente apareció enfrente,
éste con frondosas parras esculpidas, y más a lo lejos un tercero, que
los miraba desde un millar de ojos pintados. Las bocas de canales
menores se abrían a lado y lado, y otros canales aún más pequeños
desembocaban en los primeros. Algunas de las casas estaban construidas
por encima de los canales, vio Arya, convirtiendo los canales en una
especie de túneles. Esbeltas barcas se deslizaban arriba y abajo a
través de ellos, diseñadas en forma de serpientes marinas con la
cabeza pintada y la cola levantada. Aquellas no tenían remos sino que
eran impelidas con pértigas, vio, por hombres que se mantenían en sus
popas debajo de capas de gris y marrón y un profundo verde musgo. Vio
también enormes barcazas con la parte inferior plana, amontonadas
hasta arriba de cajas y barriles y empujadas por una veintena de
hombres a cada lado, y extravagantes casas flotantes con linternas de
cristales coloreados, cortinas aterciopeladas, y descaradas figuras
decorativas. A lo lejos en la distancia, acechando por encima de los
canales y las casas, había algún tipo de enorme calzada de piedra,
aguantada por la unión de tres poderosos arcos que corría hacia el sur
perdiéndose entre la neblina.
-¿Qué es eso? -preguntó Arya a Yorko, señalando.
-El río de las aguas dulces -le dijo-. Trae agua fresca de tierra
firme, a través de las marismas y las profundidades saladas. Buena
agua dulce para las fuentes.
Cuando miró atrás, el puerto y la laguna se perdían de vista.
Enfrente, había una línea de enormes estatuas a lo largo de
ambos lados del canal, solemnes hombres de piedra en largos ropajes de
bronce, salpicados por los deshechos de las aves marinas. Algunos
sostenían libros, algunos puñales, algunos martillos. Uno asía una
estrella dorada en su mano levantada. Otro volvía boca abajo un jarrón
de piedra para mandar una incesante corriente de agua salpicando abajo
en el canal.
-¿Son dioses? -preguntó Arya.
-Señores de los mares -dijo Yorko-. La Isla de los Dioses está más
adelante. ¿La ves? Seis puentes más abajo, en la orilla derecha. Aquel
es el Templo de los Cantantes de la Luna.
Era uno de los que Arya había divisado desde la laguna, una enorme
masa de mármol blanco como la nieve cubierto por una gigantesca cúpula
plateada con ventanas de cristales color leche que mostraban todas las
fases de la luna. Un par de doncellas de mármol flanqueaban sus
puertas, altas como los Señores de los mares, soportando un dintel en
forma creciente.
Más allá de éste se levantaba otro templo, un edificio de rojiza
piedra tan austero como cualquier fortaleza. En la cima de su gran
torre cuadrada un fuego ardía en un brasero de hierro de veinte pies
de ancho, mientras que otros fuegos más pequeños flanqueaban sus
cínicas puertas.
-Los sacerdotes rojos aman sus fuegos -le dijo Yorko-. El Señor de la
Luz es su dios, el rojo R'hllor.
Lo sé. Arya rememoró a Thoros de Myr en su armadura a trozos, llevada
sobre ropas tan desteñidas que parecía más un sacerdote rosa que uno
rojo. Sin embargo su beso había traído de vuelta de la muerte a Lord
Beric. Contempló la casa del Dios Rojo alejándose a la deriva,
preguntándose si estos sacerdotes Braavosi suyos podrían hacer lo
mismo.
Seguidamente vino una enorme estructura de ladrillos engalanada de
líquenes. Arya lo habría tomado por un almacén si Yorko no hubiese
dicho:
-Este es el Refugio Sagrado, donde honramos los dioses menores que el
mundo ha olvidado. Oirás que lo llaman la Madriguera también.
Un pequeño canal corría entre los acechantes muros cubiertos de
liquen, y allí viraba a la derecha. Pasaron a través de un túnel y de
nuevo a la luz de afuera. Más santuarios surgían a cada lado.
-Jamás creí que hubiese tantos dioses -dijo Arya.
Yorko gruñó. Fueron alrededor de una curva y por debajo de otro
puente. A su izquierda apareció un montículo rocoso con un templo sin
ventanas de piedra gris oscuro en su cima. Un tramo de escalones de
piedra llevaba de sus puertas abajo hasta un muelle cubierto.
Yorko apoyó los remos, y la barca chocó gentilmente contra los pilones
de piedra. Asió una anilla de hierro puesta para sostenerles por un
momento.
-Aquí te dejo.
El muelle estaba en sombras, los escalones empinados. El tejado de
negras tejas del templo terminaba en una punta afilada, como las casas
a lo largo de los canales. Arya se mordió el labio. Syrio venía de
Braavos. Debía haber visitado este templo. Debía haber subido aquellos
escalones. Asió una anilla y se impulsó arriba en el muelle.
-Sabes mi nombre -dijo Yorko desde la barca.
-Yorko Terys.
-Valar dohaeris. -Empujó con su remo y se fue a la deriva en las aguas
más profundas. Arya lo contempló remar de nuevo por donde habían
venido, hasta que se perdió en las sombras del puente. Mientras el
siseo de los remos se perdía, casi podía oír los latidos de su
corazón. De repente estaba en algún otro sitio... de nuevo en
Harrenhal con Gendry, quizá, o con el Perro en los bosques a lo largo
del Tridente. Salada es una cría estúpida, se dijo a sí misma. Yo soy
una loba, y no estaré asustada. Dio una palmadita a la empuñadura de
Aguja para desearse suerte y se zambulló entre las sombras, subiendo
los escalones de dos en dos para que nadie pudiese decir que había
estado asustada.
En la cima encontró un conjunto de puertas de madera cinceladas de
doce pies de altura. La puerta a mano izquierda estaba hecha de
arciano pálido como los huesos, la de la derecha de brillante ébano.
En su centro había una cara de luna labrada; ébano en el lado de
arciano, arciano en el de ébano. Su aspecto le recordaba de alguna
forma al árbol corazón en el bosque de dioses de Invernalia. Las
puertas me están mirando, pensó. Empujó las dos puertas a la vez con
el plano de sus enguantadas manos, pero ninguna de ellas cedió.
Cerradas y barradas.
-Déjame entrar, estúpida -dijo-. He cruzado el Mar Angosto. -Golpeó
con el puño-. Jaqen me dijo que viniese. Tengo la moneda de hierro.
-La sacó de su bolsa y la sostuvo delante-. ¿Lo ves? Valar morghulis.
Las puertas no hicieron ninguna réplica, excepto abrirse.
Se abrieron hacia adentro en silencio, sin ninguna mano humana que las
moviese. Arya hizo un paso al frente, y luego otro. Las puertas se
cerraron a su espalda, y por un momento estaba ciega. Aguja estaba en
su mano, a pesar de no recordar haberla desenvainado.
Unas pocas velas quemaban a lo largo de los muros pero daban tan poca
luz que Arya no podía ver sus propios pies. Alguien estaba susurrando,
pero demasiado suavemente para que pudiese adivinar las palabras.
Alguien más estaba llorando. Oyó pisadas ligeras, ropas de piel
deslizándose sobre la piedra, una puerta abriéndose y cerrándose.
Agua, oigo agua también.
Poco a poco sus ojos se ajustaban. El templo parecía mucho más grande
desde dentro que desde fuera. Los septs de Poniente
tenían siete lados, con siete altares para los siete dioses, pero aquí
había más de siete dioses. Estatuas de ellos se levantaban a lo largo
de los muros, enormes y amenazantes. Alrededor de sus pies velas rojas
parpadeaban, tan débiles como estrellas lejanas. La más cercana era
una mujer de mármol de doce pies de alto. Lágrimas reales goteaban de
sus ojos, para llenar el cuenco que acunaba entre sus brazos. Más allá
de ella había un hombre con la cabeza de león sentado en un trono,
esculpido en ébano. Al otro lado de las puertas un enorme caballo de
bronce y hierro se encabritaba sobre dos grandes piernas. Más allá
pudo distinguir una gran cara de piedra, un pálido niño con una
espada, una cabra negra peluda del tamaño de un uro, un hombre
encapuchado apoyándose en una vara. El resto eran sólo
formas amenazantes, medio vistas a través de la oscuridad. Entre los
dioses había gruesos huecos escondidos, con una vela brillando aquí y
allí.
Silenciosa como una sombra, Arya se movió por entre las hileras de
largos bancos de piedra, espada en mano. El suelo estaba hecho de
piedra, sus pies se lo contaban; no mármol pulido como el suelo del
Gran Sept de Baelor, algo más áspero. Pasó por el lado de unas cuantas
mujeres murmurando juntas. El aire era cálido y pesado, tan pesado que
bostezó. Podía oler las velas. El olor no le era familiar, y lo tomó
por algún incienso raro... pero a medida que se adentraba más en el
templo, pareció que oliera a nieve y hojas de pino y estofado
caliente. Buenos olores, se dijo Arya, y se sintió algo más valiente.
Suficientemente valiente para enfundar Aguja de nuevo en su vaina.
En el centro del templo encontró el agua que había oído - una piscina
de diez pies de largo, negra como tinta y alumbrada por débiles velas
rojas. A su lado se sentaba un hombre joven con una capa plateada,
llorando suavemente. Le vio meter una mano en el agua, enviando ondas
escarlatas que corrían a través de la piscina. Cuando retiró los dedos
se los chupó, uno a uno. Debe estar sediento. Había tazas de piedra a
lo largo del borde de la piscina. Arya llenó una y se la acercó, para
que pudiese beber. El hombre joven la contempló durante un largo
momento cuando ella le ofreció el tazón.
-Valar morghulis -dijo el hombre.
-Valar dohaeris -contestó Arya.
El hombre se bebió la taza, y la dejó caer en la piscina con un suave
plop. Luego se levantó, meciéndose, aguantándose la barriga. Por un
momento Arya creyó que se iba a caer. Fue entonces cuando vio la
oscura mancha debajo de su cinto, extendiéndose mientras ella miraba.
-Has sido apuñalado -dejó escapar, pero el hombre no le prestó
atención. Se sacudió inestablemente hacia una cama de piedra. Cuando
Arya contempló a su alrededor, vio otros agujeros también. En algunos
había gente mayor, durmiendo.
No, parecía susurrar una voz medio recordada en su cabeza. Están
muertos, o muriendo. Mira con tus ojos.
Una mano le tocó el brazo.
Arya giró alejándose, pero sólo era una niña: una pálida niña
encapuchada con una toga que parecía engullirla, negra por la parte
derecha y blanca por la izquierda. Debajo de la capucha había una cara
huesuda y demacrada, profundas mejillas, y oscuros ojos tan grandes
como platillos.
-No me cojas -advirtió Arya a la niña abandonada-. Maté al último
chico que me cogió.
La niña dijo algunas palabras que Arya no sabía.
Arya negó con la cabeza.
-¿No hablas la Lengua Común?
Una voz detrás suyo dijo:
-Yo sí.
A Arya no le gustaba el modo en que no paraban de sorprenderla. El
hombre encapuchado era alto, envuelto en una versión más grande de la
toga negra y blanca que la niña llevaba puesta. Debajo de su capucha
todo lo que pudo ver era el débil brillo rojo de una vela reflejándose
en sus ojos.
-¿Qué lugar es éste? -le preguntó Arya.
-Un lugar de paz. -Su voz era gentil-. Estás a salvo aquí. Esta es la
Casa de Blanco y Negro, hija mía. A pesar de que eres joven para
buscar el favor de el Dios de las Muchas Caras.
-¿Es como el dios sureño, el que tiene siete caras?
-¿Siete? No. Tiene más caras de las que podrías contar, pequeña,
tantas caras como estrellas hay en el cielo. En Braavos, los hombres
rinden culto a su aire... pero al final de todo camino está El de las
Muchas Caras, esperando. Él estará allí para ti algún día, no temas.
No necesitas tener prisa por su abrazo.
-Yo sólo vengo para encontrar a Jaqen H'ghar.
-No conozco ese nombre.
Se le cayó el alma a los pies.
-Era de Lorath. Su pelo era blanco por un lado y rojo por el otro.
Me dijo que me contaría secretos, y me dio esto. -La moneda de hierro
estaba apretada en su puño. Cuando abrió los dedos, la moneda se
ajustó a su mano sudada.
El sacerdote estudió la moneda, aunque no hizo ningún movimiento para
tocarla. La niña abandonada con los ojos grandes se la miraba también.
Finalmente el hombre encapuchado dijo:
-Dime tu nombre, hija.
-Salada. Vengo de Salinas, al lado del Tridente.
A pesar de no poder ver su cara, de alguna forma pudo sentir que él sonreía.
-No -dijo-. Dime tu nombre.
-Polluelo -respondió esta vez.
-Tu verdadero nombre, hija.
-Mi madre me llamó Nan, pero me llamaban Comadreja...
-Tu nombre.
Tragó.
-Arry. Soy Arry.
-Más cerca. ¿Y ahora la verdad?
El miedo corta más profundo que las espadas, se dijo a sí misma.
-Arya. -Susurró la palabra la primera vez. La segunda vez la lanzó al hombre.
-Soy Arya, de la Casa Stark.
-Lo eres -dijo el hombre- pero la Casa de Blanco y Negro no es un
lugar para Arya, de la Casa Stark.
-Por favor -dijo ella-. No tengo lugar adónde ir.
-¿Temes a la muerte?
-No. -Se mordió el labio.
-Vamos a ver. -El sacerdote se bajó la capucha. Debajo no había cara;
solamente una calavera amarillenta con algunos pedazos de piel
aferrándose a sus mejillas, y un gusano blanco retorciéndose desde la
cuenca vacía de un ojo.
-Bésame, hija -dijo el hombre con voz ronca, tan seca y ronca como un estertor.
¿Se cree que me está asustando? Arya le besó donde debería haber
estado su nariz y arrancó el gusano de su ojo para comérselo, pero se
fundió como una sombra en su mano.
La calavera amarillenta se estaba fundiendo también, y el anciano más
cariñoso que ella había visto jamás le estaba sonriendo.
-Nadie había tratado nunca de comer mi gusano. -dijo-. Debes estar muy
hambrienta, hija.
Sí, pensó, pero no de comida.